UNA EXISTENCIA. DOS VIDAS

Me llamo Mari Carmen y procedo de una familia obrera, sencilla y poco religiosa. De hecho, yo no supe lo que era una monja hasta los trece años en que empecé a estudiar en un colegio religioso.

Desde el primer momento en que entré en ese centro escolar sentí una gran admiración por algunas religiosas y por las tareas que llevaban a cabo como maestras y como cristianas. Deseaba parecerme a ellas y poco a poco se fue fraguando en mí la vocación a la vida consagrada.

Por diversos motivos de mi historia personal, no entré en el convento hasta los veintitrés años. Con dolor dejé a mi familia, mi trabajo, mis amigos, pero eran tantas las ganas y la ilusión que tenía por servir a Jesús y convertirme en una buena religiosa que todo lo superaba y me animaba a seguir adelante.

Durante los primeros años pasé por los ciclos normales de postulantado, noviciado y juniorado, recibiendo la formación propia de la institución y estudios universitarios. Gran parte de mi formación la pasé sola con la maestra de novicias y con la comunidad de hermanas a la que pertenecíamos, porque no llegaron más jóvenes hasta unos años más tarde.

En esa época viví experiencias traumáticas y dolorosas a causa de los roces con algunas hermanas de la comunidad, todas ocasionadas por las críticas y envidias que se originaban a mi alrededor. Yo no entendía esa manera de actuar, pero seguía adelante, incitada, sobre todo, por la maestra de novicias que tenía mucho poder sobre mí. E incluso me mandó callar cuando le conté que un sacerdote me hizo ir a su habitación y se sobrepasó conmigo.

Llegó el primer destino y fui a parar a la comunidad del colegio donde había estudiado de adolescente. La acogida fue de lo más fría, es decir no hubo acogida. Empecé con muy mal pie. Las hermanas debían considerar que no era necesaria porque ya me conocían.

Al día siguiente de llegar a mi nuevo destino empecé a estudiar Magisterio. Pasé los tres años de estudios sumida en una gran soledad e indiferencia por parte de la comunidad pues no les interesaba mi vida en absoluto.

Cuando empecé a ejercer de maestra empezó un nuevo calvario para mí. Descubrí lo que en realidad era la vida religiosa: envidias, críticas, calumnias, desamor… Caí en una gran depresión y las superioras me cambiaron de colegio a otra comunidad.

Nunca volví a ser la misma persona. En la nueva comunidad me repuse un poco durante algún tiempo. Pero con el paso de los años los abusos de autoridad, las calumnias levantadas hacia mí, las críticas constantes, todo lo que vivía me demostraba que esa no era la vida que yo había soñado y que si seguía dentro por más tiempo enfermaría de verdad.

Así que, después de treinta y tres de religiosa abandonaba el convento para siempre.

Después de dejarlo, los primeros años fueron de gran sufrimiento, sin trabajo, sin dinero, con la única ayuda de amigos seglares y de la familia. La institución se desentendió, la Iglesia también, eso originó un gran sentimiento de abandono y frustración que únicamente logro superar con ayuda externa.

Por eso he decidido ponerlo todo por escrito para denunciar las situaciones que se dan en los conventos y para sanar mi alma.

Aquí os dejo el enlace por si os interesa saber más de mi historia:

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Asociación Extramuros
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