EXCLUSIÓN SISTÉMICA

Por Merche Saiz

La vida religiosa, fundamentada teóricamente en los votos de pobreza, obediencia y castidad, ha sido históricamente concebida como un testimonio de entrega radical y servicio desinteresado. Sin embargo, en el contexto contemporáneo, esta vocación se enfrenta a una contradicción estructural profunda: la desprotección social de sus miembros al abandonar la vida comunitaria. La desconexión entre el discurso ético-religioso de entrega al prójimo y la práctica administrativa interna revela una vulnerabilidad sistémica que, lejos de ser un mero accidente, parece responder a una estructura de poder que ignora las garantías laborales y humanas básicas.

Resulta alarmante observar cómo individuos que han dedicado décadas de su existencia a instituciones eclesiásticas son devueltos a la sociedad civil en condiciones de precariedad absoluta. La falta de cotización a la Seguridad Social durante períodos prolongados, a menudo justificada bajo el velo de la vida contemplativa o el servicio voluntario, constituye una forma de violencia económica. Al privar al religioso de una base contributiva, se le condena a una exclusión sistémica. Cuando un individuo sale de su congregación tras veinte años de servicio, encontrándose con apenas diez años cotizados, no solo se le está negando una compensación económica, sino que se le está arrebatando su derecho a una vejez digna, dejándole en una situación de indefensión ante un mercado laboral que, por razones de edad, le resulta hostil.

La respuesta institucional ante quienes abandonan la vida religiosa suele caracterizarse por una frialdad administrativa que roza la deshumanización. El hecho de que personas deban recurrir a ayudas de terceros para sufragar seguros médicos básicos es una prueba irrefutable de un fallo ético grave. Si la Iglesia se erige como defensora de la dignidad humana, la gestión de sus miembros no puede situarse al margen de la justicia social. La práctica de enviar a los exmiembros sin recursos, con una mano delante y otra detrás, tras haber capitalizado su fuerza de trabajo durante años, debe ser calificada no solo como una falta de caridad, sino como un acto de explotación que vulnera los derechos fundamentales del individuo.

Es obligatorio cuestionar la inmunidad bajo la cual operan ciertas estructuras religiosas ante las leyes civiles. La manipulación psicológica y la privación de derechos económicos no pueden quedar amparadas por un supuesto fuero interno de la institución. Si la vocación religiosa implica un servicio, la contrapartida debe ser la protección integral del servidor. La denuncia de estas prácticas es una exigencia moral. Es necesario que las autoridades civiles intervengan para garantizar que el derecho laboral y la protección social sean universales, eliminando las zonas de sombra donde la explotación se disfraza de entrega.

La dignidad humana es innegociable, y cualquier institución, independientemente de su naturaleza espiritual, que ignore este principio, pierde su legitimidad ética ante la sociedad.

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