DECADENCIA O ESPLENDOR

Por Hortensia López Almán

La decadencia es el proceso de declive, deterioro o pérdida progresiva de vigor, calidad, valor o prestigio de algo que antes se encontraba en una condición de auge o esplendor. La decadencia implica un movimiento descendente desde un punto culminante hacia el debilitamiento, la ruina o la pérdida de esplendor. Por ello, en el mundo católico se considera que una persona exconsagrada acaba cayendo en una condición decadente, porque abandona un estado de vida que ha sido ensalzado sobremanera.

Abandonar la vida religiosa no se interpreta como «ir hacia otro lugar», sino como «caer desde la cima», ya que la vocación religiosa se presenta como lo más «sublime» y «elevado» posible en este mundo, y cualquier alejamiento de ella se interpreta como un descenso —caer, bajar, perder—. La lógica interna del relato religioso presenta la entrega total a Dios como lo máximo, y todo lo demás se ordena por debajo, entendiendo que la entrega total solo se da en la vida consagrada, olvidando que la verdadera consagración es la bautismal, y que, por tanto, la vida religiosa es una opción libre de quien quiere vivir su consagración bautismal en una forma de vida concreta. Sin embargo, el resto de los bautizados también entrega su vida a Dios en otros estados y formas de vida. Además, las vocaciones no son «más» o «menos»: son distintas. Nadie está por debajo ni por encima de nadie.

Por otra parte, se da por hecho que la persona exconsagrada pierde valores, costumbres o principios cristianos, pues se juzga que abandonó la vida religiosa por infidelidad, que voluntariamente le dio la espalda a Dios, que le ha traicionado, como si la única explicación posible fuera una falta moral, y no, por ejemplo, que la vocación religiosa no era realmente la suya, que hubo un error de discernimiento inicial, que la persona ha cambiado, que simplemente hay muchos caminos válidos para vivir la fe (o la vida) y ese ya no es el suyo, o que el problema viene de la comunidad religiosa a la que pertenecía.

Al atribuir la causa de la salida a una causa moral —la infidelidad, el pecado, la debilidad—, se muestra su nueva vida como un final desastroso, pues, en esta lógica religiosa, Dios castiga a quienes se marchan. Cualquier dificultad o suceso desfavorable se interpreta como un castigo divino, y cualquier cosa buena se tergiversa y se presenta también como una caída, llegando incluso a percibirse así el hecho de que una persona exconsagrada se case por la Iglesia — que es una opción sacramental y no un pecado—. Este pensamiento no solo juzga la conducta en sí, sino el simple hecho de haber abandonado el estado que se consideraba superior. Se trata de una jerarquía de estados de vida sin fundamento evangélico.

Sin embargo, la realidad es otra: personas exconsagradas que, en lugar de caer, se elevan; personas que alcanzan su máximo esplendor, que están en el auge de su vida, que transforman su situación en algo magnífico, brillante o maravilloso, que prosperan día a día y convierten su experiencia religiosa en una nueva vida llena de grandeza y excelencia.

 

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