Algo no está bien

POR SUSANA DIAZ ESCUDERO PSICÓLOGA Y TERAPEUTA SISTÉMICA

Sobre ese momento incómodo en que el cuerpo dice lo que la mente todavía no se atreve a nombrar

Hay una frase que aparece, tarde o temprano, en casi todas las personas que he escuchado. No llega de golpe, ni con alarma. Llega en voz baja, como el cierto temor cuando vas a entrar a una habitación oscura y no sabes si te toparás con algo: «No sé, pero algo no está bien». Y lo curioso es que quien la dice no suele tener claro qué es ese «algo». Solo que está ahí. Como una nota que, aunque no entiendas de música, sabes que desentona. O ese hilo perdido que no terminas de localizar. Hasta que lo notas…

A eso, en psicología, le damos un nombre largo: Trastorno de Estrés Postraumático o TEPT, para los que preferimos no sonar a manual de diagnóstico en una conversación, ni sonar intimidantes. Porque, aunque no queramos ser exagerados, la etiqueta realmente importa menos que lo que hay debajo: una respuesta del sistema nervioso ante algo que lo sobrepasó. Un mecanismo de supervivencia que, mucho tiempo después de que el peligro pasó, sigue encendido. Sigue vigilando. Sigue protegiendo de algo que ya no está.

ô      «El trauma no es solo lo que te pasó. Es lo que pasó dentro de ti cuando no hubo espacio para sostenerlo».

Aquí viene la parte que muchas personas tardan años en poder ver, ese «algo no está bien» no empezó al salir. Empezó dentro. Dentro de una estructura que, con toda su carga de significado y pertenencia, muchas veces dejaba muy poco espacio para ser una persona con dudas, con límites, con necesidades propias. El malestar, en muchos casos, se vivió primero como una incomodidad o queja silenciosa, que se acallaba, se rezaba para que pasara, o como una rebeldía que había que corregir. Y se aprendió a doblar algo muy íntimo para que cupiera en el molde.

Así que cuando se sale de una congregación y el mundo de fuera resulta no ser tan oscuro ni tan peligroso, ni tan fuera de lo vocacional, como decían, aparece una confusión extraña. Porque si el problema no era el exterior… entonces, ¿dónde estaba? El sistema nervioso, ese que lleva años en alerta, no necesita respuesta. Ya tomó nota. Y ahí es donde el TEPT empieza a hacerse visible: en la dificultad de confiar, en el sobresalto ante ciertas palabras, en la culpa que aparece sin motivo claro, en los sueños que insisten, en ese cansancio que no se arregla durmiendo. Cualquier estructura que haya pedido de más deja huella. El mecanismo es humano.

Reconocerlo no es dramático. Es, en realidad, un acto de honestidad enorme. Decir «algo no está bien» y luego atreverse a preguntarse desde cuándo y por qué, es paradójicamente el primer momento en que algo empieza a estar un poco mejor. No porque el dolor desaparezca de golpe, sino porque se le da su espacio. Y al mirarlo, sentirlo, pensarlo, puede trabajarse. Y tarde o temprano deja de confundir. Y de pesar tanto.

Y sí, el camino no es lineal y no es rápido. Pero existe. Y empieza casi siempre con esa pequeña frase: «Algo no está del todo bien».
Y me pregunto: ¿Cuánto tiempo podemos ignorar esa voz? En cualquier momento de nuestra vida, ¿qué pasaría si le preguntáramos qué intenta decirnos?… ¿Y si esa fuera precisamente una buena noticia?

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