Lo peor para una víctima de abusos de una comunidad religiosa durante tres décadas no es salir y encontrarse sin hogar, sin trabajo, sin profesión, sin años cotizados, sin comprensión, sin justicia, sin derechos básicos, sin acceso a médico, sin medios para pagarlos, sin medio de transporte, vivir como una prófuga en un país extranjero, amenazada por seres queridos por «hablar» de lo vivido y por ser el problema por señalar el problema, juzgada por «no perseverar en una vocación» y, si pido ayuda, «por querer solo dinero».
No, eso no es lo peor. Ya lo he vivido y lo vivo.
Lo peor con diferencia es encontrarse sufriendo sin sentido, con miedo a perder algo o a alguien, atada a una forma de vida o a una forma de ser, dispuesta a juzgar, manipular, mentir o incluso matar interiormente con tal de defender la propia estructura, la propia ideología, sistema, comunidad o lo que sea que me de seguridad «en nombre de Dios».
Eso es lo peor. Sin duda.
Me quedo con lo que tengo: que es una vida que se me ha dado como regalo para agradecer.
Dios escribe recto en renglones torcidos.