Por Olalla G. Sande
«Poco a poco, sin apenas notarlo, fui perdiendo algo esencial: la sensación de ser dueña de mi propia vida».
Entré en la vida religiosa con 18 años, siendo aún muy joven. En aquel momento había en mí una búsqueda profunda, casi urgente: buscaba sentido, buscaba a Dios, buscaba también un lugar donde poder entregar mi vida con verdad y coherencia. En el fondo de esa búsqueda también habitaban inseguridades, miedos… incluso ciertas huidas de las que entonces no era consciente.
Había salido de mi casa con 14 años para estudiar en la ciudad, y fue ahí donde conocí a las hermanas. En la residencia de estudiantes donde empecé a vivir encontré grandes amigas, un ambiente sereno, alegre, acogedor… y unas hermanas que transmitían una felicidad y una paz que hasta ese momento yo no había conocido.
Allí encontré cariño, reconocimiento, miradas que me hacían sentir especial, diferente… encontré también sentido a mucho sufrimiento que durante años había guardado solo para mí.
Y fue ahí, en ese contexto, donde comenzó a tomar forma mi vocación.
No fue una decisión impulsiva. Fue una respuesta sincera. Aunque hoy puedo reconocer que había muchas otras cosas en el fondo de aquella decisión, capas más profundas que entonces no alcanzaba a ver.
Entré en la congregación llena de ilusión y entusiasmo por comenzar una nueva vida. Durante diez años formé parte de esta institución de vida activa dentro de la Iglesia católica. Diez años intensos, llenos de experiencias que hoy forman parte de quien soy.
Los primeros años fueron años felices. Vivíamos bastante aisladas del mundo, sí, pero en un ambiente muy cuidado, de aprendizaje, de convivencia bonita. Éramos un grupo de jóvenes alegre, dinámico, con un deseo sincero de entregarnos y de adentrarnos en aquel nuevo estilo de vida que comenzábamos.
Todo era nuevo para nosotras, y nuestras ganas de adaptarnos hacían que todo lo mirásemos con buenos ojos. Incluso aquello que hoy veo fuera de toda lógica, en aquel momento lo acogíamos con naturalidad, buscando explicaciones que nos ayudaran a sostener unas normas que pretendían uniformarnos, tanto por dentro como por fuera.
Podría enumerar muchos ejemplos: no podíamos correr, no podíamos hablar alto, no podíamos elegir sentarnos al lado de las personas que nos caían mejor, no podíamos elegir la comida que nos gustaba, no podíamos leer lo que queríamos. Debíamos romper al máximo posible con nuestro entorno anterior. Teníamos que desprendernos de todas nuestras pertenencias: nada era propio, nada era personal. Cualquier regalo que recibiéramos era entregado a la superiora, porque todo pertenecía a la comunidad.
Nos levantábamos a golpe de campana, todas a la vez. Nos íbamos a la cama después de la última oración del día. Todas a la vez. Lavábamos nuestra ropa a mano, aunque obviamente teníamos lavadoras, como un gesto impuesto, revestido de una supuesta humildad.
Durante los dos primeros años no podíamos volver a casa. Recuerdo que, en ese tiempo, a una de mis compañeras se le casó un hermano y no pudo asistir a la boda.
La estructura buscaba una ruptura profunda con nuestra identidad previa.
Todo estaba regulado. Todo tenía un porqué. Y nosotras aprendíamos a no cuestionarlo.
Este sistema se sostenía a menudo sobre el infantilismo. Se nos formaba para una obediencia que no es discernimiento, sino una forma de regresión afectiva y personal. Si para ser «buena religiosa» debes pedir permiso para todo, se anula tu autonomía. Cuando tienes que pedir permiso para comprar tu ropa interior o no tienes un solo euro en el bolsillo, se está erosionando tu dignidad y tu capacidad de autodeterminación.
Se generaba una dependencia total del «superior», lo que facilita enormemente cualquier dinámica de manipulación posterior.
Se nos convencía de que tener criterio propio era soberbia, era nuestro deseo de destacar, era nuestro ego. Hoy veo un claro camino de despersonalización: si no hay «yo», no hay conflicto… pero tampoco hay una respuesta humana y verdadera a la llamada de Dios.
Todo se justificaba con el Evangelio en la mano.
Puedo comprender que, para iniciar un estilo de vida tan radical, sea necesario adoptar ciertas medidas que favorezcan un proceso interior de discernimiento: crear distancia, silencio, espacio para escuchar la propia verdad. El problema aparece cuando estos métodos, mal entendidos o mal aplicados, conducen a la persona a un estado de indefensión y vulnerabilidad que la hace mucho más influenciable y manipulable.
Uno de los mecanismos más dañinos que se daba era la confusión de los fueros. En la Iglesia, el fuero interno (tu conciencia y relación con Dios) debe estar separado del fuero externo (quien decide tus destinos, te forma o juzga tu comportamiento). Y en los primeros años de formación esta diferenciación no existe.
Tu formadora era tu acompañante espiritual, tu superiora, y la persona que gestionaba todo en tu día a día.
Te expones ante la autoridad con la confianza de quien desnuda su alma, y esa información acababa utilizándose para moldear tu voluntad, justificar decisiones institucionales o incluso manipular tu conciencia.
Sin esa barrera de privacidad, sin la diferenciación de fueros, la persona se queda sin refugio.
Yo tuve bastante suerte con mis primeras formadoras, que por lo menos eran personas de bien, con un deseo real de ayudar. Y aunque seguían las directrices de la institución, al menos me ofrecían espacios donde podía expresarme con cierta libertad, y yo sentía que intentaban buscar mi bien.
Pero conviví con compañeras que tuvieron a formadoras totalmente infantiles, personas con muy poca formación que manipulaban totalmente a las jóvenes recién llegadas. Utilizaban todo tipo de chantajes emocionales para castigar la diferencia y premiar la sumisión.
Casi todo era aceptado de buen grado por nuestra parte porque todo lo justificábamos desde la idea de que teníamos que negarnos a nosotras mismas para identificarnos más con Cristo.
Pero, en el fondo, había una idea muy clara que iba calando en nosotras: todo lo que nace de ti debe estar bajo sospecha; lo que viene de la institución y de la autoridad es bueno, porque viene de Dios.
Y así, poco a poco, aprendimos a desconfiar de nosotras mismas.
Aquel modo de vida no sólo organizaba nuestro día a día. También iba moldeando nuestra forma de pensar, de sentir… y de percibirnos a nosotras mismas.
Los votos —pobreza, castidad y obediencia— que yo había abrazado como un camino de libertad y entrega, fueron adquiriendo con el tiempo un significado muy distinto.
La pobreza dejó de ser una opción evangélica para convertirse en una dependencia absoluta. No se trataba solo de no tener bienes, sino de no tener capacidad de decisión. Recuerdo lo que era vivir pidiendo permiso para todo, incluso para lo más íntimo, y tener que dar explicaciones por lo más básico. Sin apenas notarlo, fui perdiendo algo esencial: la sensación de ser dueña de mi propia vida.
La castidad, que en su raíz habla de amar con un corazón libre, muchas veces se traducía en una ruptura afectiva. Se nos transmitía, de forma más o menos explícita, que vincularnos demasiado, querer demasiado, era peligroso. Que había que cortar, distanciarse, no «apegarse». Y así, casi sin advertirlo, muchas empezamos a replegar el afecto y a alejarnos de vínculos que eran simplemente humanos.
La obediencia fue quizá el espacio donde más claramente se manifestaba esta dinámica. «El que obedece no se equivoca», escuchábamos con frecuencia. Pero en la práctica, esa
obediencia no siempre nacía del discernimiento, sino de la anulación del propio criterio. La última palabra la tenía siempre la superiora, sin espacios reales de contraste ni mecanismos que equilibraran ese poder.
Todo ello generaba una estructura en la que la persona quedaba expuesta.
Recuerdo situaciones cotidianas, en las que quería simplemente hacer algo sencillo —salir a caminar sola, elegir un libro, decidir con quién compartir más tiempo— y, sin embargo, me sentía incapaz de hacerlo sin culpa o sin pedir permiso. Y en ese gesto tan pequeño se reflejaba algo mucho más grande: la dificultad creciente para ser yo misma.
También recuerdo frases que, en momentos de duda, se repetían una y otra vez: «¿Estás segura de que eso viene de Dios o es tu orgullo?», «¿Dónde queda tu espíritu de sacrificio?»
Dichas quizá con buena intención, pero que iban debilitando la confianza en una misma.
Y así fue apareciendo una soledad muy particular. No era estar sola. Era estar rodeada y, aun así, no poder ser del todo yo. No encontrar un lugar donde decir lo que de verdad me pasaba. Sentir que había partes de mí que no tenían espacio.
Durante mucho tiempo, sostuve todo esto desde la fe, desde el deseo sincero de ser fiel, desde la convicción de que aquel era el camino.
Pero llegó un momento en el que mi cuerpo empezó a hablar.
La tristeza, la ansiedad, el agotamiento… fueron apareciendo como señales de algo que no estaba bien. Y, sin embargo, la respuesta institucional no siempre era escuchar esas señales, sino taparlas: un cambio de destino, más responsabilidades, más actividad.
Hasta que un día apareció un pensamiento que me asustó: la idea de que quizá la única forma de salir de lo que estaba viviendo era desaparecer.
Ese pensamiento, lejos de hundirme, fue el que despertó algo dentro de mí.
Porque en ese instante supe, con una claridad que no había tenido antes, que aquello no podía ser lo que Dios quería para mí.
Ese fue el punto de inflexión.
No fue un cambio inmediato ni espectacular. No hubo una ruptura repentina. Pero sí apareció una claridad que ya no podía ignorar. Empecé, paso a paso, a tomar decisiones. A hacerme cargo de mi vida. A dejar de buscar culpables fuera y también de situarme únicamente en el lugar de víctima.
Con el tiempo entendí que no se trataba solo de sufrimiento. Era algo más profundo: una herida que afectaba a la identidad, a la conciencia, a la forma de percibirme a mí misma.
Y, después de un largo proceso de discernimiento, decidí marcharme.
La realidad nunca es blanca o negra. Está llena de matices. En esos diez años conviví con personas buenas —compañeras, formadoras, superioras— que buscaban sinceramente el bien.
Pero también conviví con personas que, amparadas en la estructura, manipulaban, controlaban conciencias, buscaban su propio beneficio o incluso justificaban el sufrimiento de otras en nombre de una supuesta identificación con Jesús crucificado.
Fueron años en los que crecí mucho, en los que me formé, en los que conocí a personas maravillosas. La institución puso a mi alcance oportunidades que probablemente no habría tenido de otra manera. Accedí a acompañamientos psicológicos que me ayudaron a lo largo de esos diez años y que, en gran parte, hacen posible que hoy escriba estas palabras desde la libertad y el autoconocimiento.
Hoy miro aquellos años con una enorme gratitud. Pero esa gratitud no anula una mirada crítica que, con el tiempo, ha ido reconociendo dinámicas de abuso y manipulación dentro de esa misma estructura.
Salir fue uno de los momentos más duros de mi vida.
No es solo irte de un lugar. Es dejar atrás una identidad, una forma de vida, una estructura que lo sostenía todo. Es deshacerte, de algún modo, de la persona que habías sido durante años.
Y entonces llegó algo que no esperaba.
El silencio.
Desde el momento en que me fui, no hubo llamadas, ni mensajes, ni un «¿Cómo estás?», ni un «¿Necesitas algo?».
De repente me encontré sola.
También en lo material. Empezando desde cero, con lo mínimo, organizando mi vida sin apoyo, sin recursos, sin una red que sostuviera ese momento tan frágil.
Y lo más doloroso no fue la dificultad en sí, sino la sensación de abandono por parte de aquellas que durante años había sentido como mi familia.
Las personas con las que había compartido mi vida durante diez años desaparecieron. Como si, al dejar de ser útil, dejara también de existir.
Me sentí utilizada. Cuando más necesitaba una mano, era cuando menos la tenía. Con el tiempo, también ese abandono se convirtió en revelación.
Porque hubo personas que sí permanecieron. Tres hermanas. Y mis AMIGAS.
Y gracias a ellas pude reconocer, con una claridad que antes no tenía, cuáles habían sido las relaciones verdaderas en aquellos años.
Fue un tiempo muy duro, pero transformador.
Me tocó reconstruirme desde dentro. Volver a escucharme. Recuperar mi criterio. Volver a confiar en mí.
Hubo momentos de oscuridad, de duda, de vacío. Pero también fue un tiempo en el que, de una forma muy real, fui reencontrándome conmigo misma… y con Dios desde un lugar distinto.
Un lugar más libre. Más verdadero.
Poco a poco empecé a vivir de otra manera. A tomar las riendas de mi vida. A dejar de vivir desde el miedo, la necesidad de aprobación y el «qué dirán».
Y ahí comenzó algo nuevo.
Si alguien que lee esto está dentro de una situación similar, o acaba de salir de ella, me gustaría decirle algo muy sencillo:
No estás solo. No estás sola.
Y no hay nada malo en ti por sentir lo que sientes.
Si algo dentro de ti no encaja, escúchalo. Si algo te duele, merece ser atendido. Salir da miedo. Mucho. Pero también puede ser el inicio de volver a ti.
Creo que estas experiencias no pueden seguir tratándose como casos aislados.
Existen formas de entender la autoridad, la obediencia y la persona que necesitan ser revisadas con profundidad.
No todo es un error puntual. A veces hay dinámicas que se han normalizado y que generan un sufrimiento real.
Necesitamos avanzar hacia una cultura del cuidado. Una cultura donde la dignidad de la persona esté en el centro. Donde la libertad y la autonomía no se perciban como una amenaza, sino como el único camino posible hacia un encuentro auténtico con Dios.
Y también crear espacios donde escuchar a quienes han pasado por estas experiencias. No podemos seguir silenciando a quienes abandonan la vida religiosa o el sacerdocio bajo explicaciones simplistas: que no han sabido sacrificarse, que son frágiles, que no han sido fieles.
La escucha a las personas secularizadas no es un problema: es un paso necesario. Un eslabón imprescindible en la cadena del cambio.
No somos una amenaza para la vida religiosa.
Somos pequeñas lámparas —rotas, desgastadas— que, aun así, desean ofrecer su luz para que otros no tengan que caminar a oscuras.
Hoy miro aquellos años con perspectiva.
Con dolor por algunas cosas, sí. Pero también con una profunda paz. He recuperado mi voz. He recuperado mi libertad.
Y hoy puedo decir que estoy viviendo… de verdad.
Salir no fue perder mi vida.
Fue empezar, por fin, a habitarla.